EL CENTRAL Y EL PLAZA, PARA NUEVO TEMPLO

La “inversión” manda, y como en todo el país cualquiera puede comprar cualquier cosa con una carretilla de plata, y las autoridades nacionales y departamentales contentísimas. Es necesario tener presente que los únicos que no se benefician con esta actitud, en lo que todo es vendible, es el país, los trabajadores, sus bienes patrimoniales, y tampoco los culturales.

Si algo ha caracterizado a nuestro país en las últimas décadas es que importantes superficies algunas en manos del estado y otras públicas, han tenido un destino comercial o religioso.
En la zona centro de Montevideo y en general en buena parte del país, la gran mayoría de las salas de cine, que no eran pocas han tenido un destino comercial, para nuevos templos religiosos, o también para depósitos de autos, con el crecimiento del parque automotor.
Grandes salas de otras épocas han tenido este destino, que ya poco asombra a muchos montevideanos, aunque lo que si llamo la atención en los primeros días de este año fue la transacción de uno de los últimos reductos que iban quedando para un nuevo emprendimiento religioso, esta vez de una empresa que ya está en plaza.
También es cierto que en todo este proceso, los aspectos culturales, y el funcionamiento urbano, han estado subordinados en forma exclusiva a la fuerza de los empresarios privados en el mercado nacional para adueñarse de grandes superficies donde en general cuentan con importantes subvenciones impositivas, por parte del estado.
No es nuevo que en nuestro país el empuje de las privatizaciones, recorre todas las áreas de inmuebles pertenecientes al conjunto del patrimonio nacional, llegando a niveles por momentos insospechados.
Sobretodo cuando se habla que Montevideo se ha transformado en capital cultural, y actividades de diverso tipo se promocionan como grandes eventos.
Lo cierto es que este nuevo procedimiento ha impactado en forma importante, sobre todo por la superficialidad, y casi naturalidad del gobierno nacional y municipal, en un tema que debería tratarse de otra manera, si es que aunque sea por un instante se piensa en el patrimonio cultural y en la proyección de actividades para las que muchas veces no existen ni lugares en la zona céntrica de la capital del país.
Es evidente además que si se tiene en cuenta un tipo de rumbo, de enorme predominio de la gestión privada, o como en este caso de nuevas religiones con fuertes respaldos financieros, queda en evidencia, que no existe objetivos de conservación y utilidad de ciertos espacios que tienen que ver con la vida del país.
La “inversión” manda, y como en todo el país cualquiera puede comprar cualquier cosa con una carretilla de plata, y las autoridades nacionales y departamentales contentísimas. Es necesario tener presente que los únicos que no se benefician con esta actitud, en lo que todo es vendible, es el país, los trabajadores, sus bienes patrimoniales, y tampoco los culturales.
El camino del desentendimiento de tan importantes situaciones por parte de los sucesivos gobiernos lleva invariablemente a una constante pérdida de la soberanía,y afectando seriamente patrimonios que han ido construyendo anteriores generaciones en nuestro país.
El tema entonces de las privatizaciones, no solo afecta a la infraestructura, sino que además en ella pueden producirse y desarrollarse, nuevas y mayores sensibilidades que da la impresión que a los últimos gobiernos, incluido el actual no les interesa.
En el inicio del año entonces, el punto cero de Montevideo, también ha caído bajo el efecto del tsunami en que todo se compra y se vende. Una nueva perla para las políticas culturales y educativas del país. Este es un problema de todos los montevideanos, pero los responsables no son todos, por cierto.